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Una reflexión acerca del eneagrama

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Artículo escrito para el portal de conocimiento Qué Aprendemos Hoy

Cada vez se oye hablar más del eneagrama. Cada vez hay más artículos y cursos sobre ello, y a mí me da un poco de miedo y de respeto, tanto auge y tanta información sobre un tema que es complicado de dominar, difícil de entender y sobre todo, peligroso si no se utiliza bien.

Yo no soy experta en eneagrama, y no escribo este artículo en calidad de ello. Creo que es sumamente difícil ser experto en este tema. Lo escribo porque creo que es importante llamar la atención sobre lo que está ocurriendo.

El eneagrama es un modelo de la personalidad, cuyos orígenes se remontan, parece ser, a los sufíes, y que luego se ha ido trabajando y modificando por diversas personas e instituciones, cada una de las cuales le ha dado su enfoque particular, queriendo, de alguna manera, atribuirse el método y la escuela de pensamiento asociado.

Su objetivo inicial era comprender mejor la naturaleza humana y el universo mismo, descomponiendo ambas dos cuestiones en nueve formas diferentes. Para mí, se asemeja en ese sentido a la cábala.  Hoy en día predomina su uso aplicado a la personalidad y carácter humanos.

Cada una de esas nueve formas está caracterizada por una serie de cuestiones concretas, fijaciones, puntos de equilibrio, formas de estar en el mundo y de defenderse de él, y todas ellas están relacionadas entre sí, y todas ellas resultan en un modo de relación particular con los demás y con la realidad.

Fuente: http://pinterest.com/pin/110127153359575087/

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Es muy importante entender que este modelo es solamente eso, un modelo, que debe servir para orientarse uno mismo, si quiere seguir un camino de desarrollo personal. Es una herramienta más, no un fin, y sobre todo, no el único camino.

Se basa en hipótesis que no están contrastadas con la realidad, y mal utilizado puede llegar a ser un instrumento importante de manipulación y de control.

La suposición básica es que cada uno de nosotros nacemos de una determinada manera, lo que se llama esencia, y esa manera va quedando oculta a medida que crecemos y vamos desarrollando mecanismos de defensa y de formas de relación que creemos que nos posibilitarán que los demás nos acepten y nos quieran. Esos mecanismos de defensa conforman nuestro ego, nuestro carácter.

El camino de desarrollo personal propuesto es el trabajo de ese carácter, de ese ego, a fuerza de ir contra él, para desarmarlo, y por tanto, conseguir llegar a mostrar nuestra esencia.

Dónde termina el trabajo, dónde se encuentra la esencia, es algo a lo que el método no da respuesta. Se le suponen buenas cualidades, siempre, algo que resulta curioso, ya que en la naturaleza humana existe todo el espectro desde la maldad más absoluta a la bondad más absoluta.

Entrar en la rueda del trabajo personal con el eneagrama puede llegar a ser sumamente peligroso, sobre todo para aquellas personas que no son críticas por naturaleza. Les asignan un número y una forma de trabajo personal que, pasado el tiempo, se descubre como sumamente perjudicial, y en el mientras tanto, la persona se ha dedicado a “machacarse” literalmente, cualidades sumamente valiosas en ella, y que, quizá, simplemente hay que orientar de otra manera.

Es fundamental cuestionarse, preguntar, analizar, encontrar las incoherencias en todo método de desarrollo personal, y sobre todo, en éste, donde hay ya tanto gurú y tanto experto.

Cada una de las nueve formas de estar en el mundo está sustentada en un mecanismo de defensa profundo, muy profundo, oculto para la mayoría de nosotros. Si eso es así, ¿cómo es posible que alguien externo pueda identificarlo y decirte tú eres tal número?

Hay cuestiones que es necesario tratar con respeto, con miedo incluso, y ésta para mí es una de ellas. Nadie sabe bien cómo es un dos, o un cuatro, o un ocho, porque estamos trabajando con lo más profundo de una persona, sus sueños, sus dificultades, sus miedos, sus heridas, su alma en definitiva. Eso exige, como mínimo, respeto y sensibilidad, y no caer en la trampa de que como eres un dos, debes trabajar la humildad, por ejemplo.

Todo lo que sirva para conocer, para divulgar, está bien, lo que pasa es que, en la mayoría de los casos, esa divulgación es incompleta y muchas veces, errónea. ¿Qué hacer entonces?

Filtrar, analizar, ser críticos, observar a cada persona y observarnos a nosotros mismos, como un todo, como un misterio a comprender, si queremos, en su globalidad, no desde un número concreto, ya que ahí, en esa asignación, ya hemos perdido la posibilidad de aprehender gran parte de ese misterio…¿o no?

El punto de vista propio

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Artículo redactado para el portal de conocimiento Qué Aprendemos Hoy:

Cada uno de nosotros miramos el mundo de una manera, con un punto de vista. Vemos determinadas cosas, y otras no las vemos. Nos enganchamos con determinadas personas, actitudes, comportamientos, palabras, emociones; y otras ni siquiera las percibimos.

Ese punto de vista se forma a medida que vamos creciendo, con lo que nos dicen los demás, y con nuestras experiencias vitales.

Es un filtro de la realidad, y al mismo tiempo, lo que nos permite experimentarla. Es por esa razón que vemos una parte, nunca la totalidad. Para ver la totalidad, tendríamos que hablar y colaborar con la mayor parte de las personas que pudiéramos, y aún así, seguiríamos teniendo acceso a una parte de la realidad.

El punto de vista propioEs en esto último, en lo que se sustenta una de las ventajas fundamentales del trabajo en equipo y de la colaboración y el consenso.

Entonces, con lo dicho, os preguntaréis, y ¿ya está?, ¿para eso un artículo que se titula “El punto de vista propio”?

Sí. Porque el punto de vista propio es otra cosa. Es un punto de vista que se trabaja, para ampliar el punto de vista adquirido, que es lo que he expuesto en las líneas precedentes. Entre uno y otro, hay una diferencia fundamental: la crítica, el poner en cuestión lo queveo, y cómo lo veo; lo que escucho, y cómo lo escucho; y lo que hago, y cómo lo hago.

Es decir, para pasar de un punto de vista adquirido a un punto de vista propio, tengo que trabajar la forma en la que veo, la forma en la que escucho, y la forma en la que hago las cosas. De esa manera, trabajo, por extensión, la forma de lo que veo, de lo que escucho, y la forma en la que hacen los demás las cosas.

Y os preguntaréis, ¿y para qué necesito pasar de uno a otro? ¿No es suficiente con el punto de vista adquirido? ¿Para qué necesito el punto de vista propio?

No es necesario; sin embargo;  es recomendable. Recomendable para todo aquél que quiera ganar libertad individualauto-dependencia que llama Jorge Bucay. Y sobre todo, para aquél que quiera ser más feliz.

¿Por qué?

Porque el punto de vista adquirido no deja de ser una serie de estrategias que hemos desarrollado desde que somos muy pequeños, en un afán por defendernos de lo que nos hace daño, y sobre todo, para que los demás nos quieran y nos acepten. Tienen un peso fundamental las “normas” que nos enseñaron nuestros padres, nuestros educadores, nuestra gente cercana, y tienen un peso también fundamental nuestros miedos y nuestros deseos.

Y aunque nada está dejado al azar en ese punto de vista adquirido, tampoco nada está accesible y manejable para nosotros. Es automático. Y muchas veces, ese automatismo nos hace dejar de ver, nos hace dejar de escuchar, y nos hace dejar de hacer, cosas que podrían ser buenísimaspara nosotros.

Trabajando el punto de vista propio, lo que conseguimos es tener la llave de ese automatismo, para elegir, para dibujar mejores caminos para nosotros mismos, y para ser más compasivos con los demás y con nosotros.

¿Qué significa ser compasivo con los demás y con nosotros mismos? Entender que lo que nos dice otro, o lo que hace, depende de su propio automatismo, y que dice mucho de él o de ella, y nada de nosotros. Y eso, os aseguro, que es una gran liberación…

¿Cómo se consigue ir adquiriendo un punto de vista propio? ¿Cómo creéis vosotros que se hace?

A vueltas con la escucha…

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Artículo redactado para el portal de difusión del conocimiento Qué Aprendemos hoy. El título original es “Escuchar con el cuerpo” y en él se propone una reflexión sobre los códigos culturales de escucha, y las posibilidades que tenemos de potenciar nuestra escucha, si nos atrevemos a probar el dar un paso más allá de esos códigos culturales.

La escucha, la buena escucha, es uno de los principales caballos de batalla de todas las personas. Escuchamos muy poco, tanto a nosotros mismos, como a los demás. Y sin embargo, es uno de los pilares que sustentan la construcción y mantenimiento de las buenas relaciones.

En nuestra cultura, se dice que para escuchar a alguien, debes mirarle a los ojos, debes estar atento a la otra persona, no haciendo nada más, salvo prestar atención, y que el otro vea que estás para él. Hasta tal punto llega este “deber” estar atento, que hay muchas personas que consideran poco respetuoso a alguien con quien están manteniendo una conversación, mientras está haciendo algo, aparentemente, sin estar centrado en su interlocutor.

Buda meditando

Sin embargo, si estuviéramos inmersos en otras culturas, es precisamente este “deber” de nuestra cultura, la que es ofensiva. Es decir, se considera una ofensa mirar a los ojos de alguien que está hablando. Es una muestra de respeto hacia tu interlocutor, el no hacerlo.

Creo que todos, en algún momento, y quizá muy especialmente cuando asistimos a clases o conferencias, adoptamos la pose de estar atentos, pero en realidad, estamos muy lejos de nuestro interlocutor,  e incluso muy lejos de nosotros mismos, desconectados del todo, ya que no nos interesa nada lo que nos están contando. Y sin embargo, por código cultural de respeto, aparentamos estar interesados.

¿Alguno de vosotros ha probado a romper ese código cultural? ¿Alguno de vosotros ha escuchado, de verdad, a alguien, mientras estaba haciendo otra cosa? La realidad es que la gran mayoría de nosotros, escuchamos mejor si no estamos, aparentemente”, prestando atención a nuestro interlocutor.

Todos nosotros escuchamos con el cuerpo, ya que el sonido se transmite,  la piel recibe,  los músculos, y los huesos también. En realidad, nuestro instrumento para escuchar no son solo los oídos, ni nuestra atención, sino todo nuestro cuerpo.

Intentadlo. Pedidle a alguien que os hable, mientras vosotros estáis sin mirar; concentraos en la sensación que se recibe al poner todo vuestro cuerpo a disposición de la escucha. Probad estando quietos, y probad estando en movimiento. ¿Podéis ver la diferencia? Es más, ¿cuántos de nosotros estamos simplemente mirando en un concierto? Estamos en movimiento, nos movemos, saltamos, bailamos, y estamos 100% presentes en la escucha, hasta tal punto que tardamos días en olvidarnos de las sensaciones, las letras, las emociones…y si no se permite el movimiento, ¿cuántos de nosotros cerramos los ojos, yendo en contra del código cultural?

Con esto no quiero decir que rompamos los códigos culturales. Con esto quiero animaros a experimentar, a probar vuestro cuerpo, entero, como instrumento de escucha. Un instrumento de escucha, externa, e interna, sobre todo interna.

En un artículo anterior, hablaba de la escucha interna y de la escucha externa. La escucha interna es vital para poder escuchar de verdad, al que nos habla, ya que todo lo que nos dicen, provoca reacciones en nosotros. Escuchar internamente significa ser consciente, plenamente consciente, de esas reacciones.

Sólo siendo plenamente consciente de esas reacciones, podemos dialogar con nuestro interlocutor. Y para poder ser plenamente conscientes de esas reacciones, tenemos que escuchar nuestro cuerpo. Porque nuestro cuerpo reacciona. Reacciona nuestra piel. Reaccionan nuestros músculos (nos relajamos, nos ponemos tensos). Reaccionan nuestros huesos (nos ponemos en guardia, cambiamos la postura).

Poder escuchar bien, significa estar atentos a los cambios en nuestra piel, en nuestros músculos, en nuestros huesos. Estar atentos a nuestros pensamientos, y a los sentimientos que se despiertan. Ser capaz de observarlos y de gestionarlos, para poder responder a nuestro interlocutor, de forma asertiva, y precisa.

Lo sé. Parece muy complicado. Pero eso es, precisamente, lo que lo hace tan apasionante. Pasito a pasito, dándose cuenta, poco a poco.

¿Os animáis a probar?

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